Mercancía fatal

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A decir verdad, hasta hace poco, solo conocía de Bangladesh que estaba en Asia y que de ahí provenían los tigres de bengala, que tanto nos asombraban en el circo. Sin embargo, después de la tragedia del pasado 24 de abril de 2013, sé que está en el sur de ese continente, rodeado casi totalmente por la India y que se trata de un país relativamente pequeño (147.000 Km2) y con la 7° población mundial (cerca de 170 millones). Por tanto, es el más densamente poblado del planeta, superando los 1.150 hab/Km2. Poniéndolo en perspectiva, el Perú tiene aproximadamente 25 hab/Km2 (casi 50 veces menos) y Rusia, con una población menor, puede contener en su territorio 120 Bangladesh.

Aquel día -en un lugar cercano a Dacca, la capital- un edificio que albergaba cinco fábricas textiles, un banco y negocios, se desplomaba cual castillo de naipes. Sus ocho pisos cayeron uno encima del otro, causando 1.127 muertes y unos 2.500 heridos. Según la policía, el día anterior aparecieron muchas grietas en el edificio, pero los dueños de las fábricas las ignoraron y obligaron a sus empleados (sin exagerar, sus esclavos) a trabajar, no obstante el evidente riesgo que corrían. No podían perder el euro diario que ganaban (unos 3,50 soles). Y, sin embargo, perdieron la vida.

La tragedia ha confirmado -por si alguien lo ignorase aún- que el trabajo sigue siendo una mercancía en muchos lugares del mundo del siglo XXI. Que, lejos de ser una realidad connatural al ser humano y que lo debería sustentar y dignificar, está sujeto a la oferta y demanda como si fuera cualquier producto o servicio, al regateo, al peor es nada. Los bangladesíes son los trabajadores textiles con el salario más bajo del mundo. Estos costes han llevado a China y a las grandes empresas mundiales a trasladar parte de su producción a este país asiático. Cuenta con 5.400 fábricas textiles y más de cuatro millones de trabajadores, la mayoría mujeres; y representa el 78% de las exportaciones de Bangladesh. La última vez que se aumentaron los sueldos fue hace tres años, cuando el jornal mínimo era de 0,50 euros.

La explotación no solo es económica. Las condiciones laborales y de seguridad son pésimas. Sin derecho a sindicalización. Con hacinamiento. Y sometidos a un continuo peligro. Varias de las fábricas que operaban en el derrumbado Rana Plaza fueron auditadas. Extrañamente, esas auditorías excluyeron por completo los problemas estructurales del edificio. ¿Omisión?, ¿Negligencia?, ¿Corrupción?

Las reacciones de la opinión pública han sido unánimemente condenatorias. Como respuesta, el Gobierno de Bangladesh aumentará el salario mínimo de los trabajadores textiles y formará una comisión con representantes de los dueños de las fábricas y líderes sindicales. Por otro lado, un grupo de 31 multinacionales firmaron un acuerdo legalmente vinculante para implementar reformas de salud y seguridad lideradas por trabajadores y que los sindicatos tengan acceso a las fábricas. Ojalá que cumplan y no sea una salida momentánea hasta que la atención mundial se distraiga con otro tema e irse a otro país si las condiciones de Bangladesh dejan de ser favorables para sus enormes e injustas ganancias.

Cada vida humana importa. Pero evidentemente no es lo mismo que mueran 3 que 1.127. Llama la atención la desproporción en la ponderación y cobertura mediática de lo sucedido en la maratón de Boston -nueve días antes de la tragedia de Bangladesh- y el edificio derrumbado. Mientras que tres semanas después se cerraron las operaciones de recuperación de cadáveres entre los escombros del Rana Plaza –y quizá con ello la vuelta definitiva de la página- los medios siguen con el tema de Boston. Por ejemplo, hace pocos días nos daban cuenta de la emotiva conmemoración del primer mes transcurrido. ¿Recordarán del mismo modo a los que murieron trabajando en Bangladesh en condiciones infrahumanas y que quizá confeccionaron las prendas de aquellos que corrían la maratón? Ojalá, aunque después de todo no olvidemos que estamos hablando de países del primer y tercer mundo.

Por: Ing. Edwin Heredia Rojas

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