Síntoma clave de una sociedad enferma

0
130

Pensé en títulos más alentadores pero, a veces, es mejor llamar las cosas por su nombre. Sí, nuestra sociedad -el súper mundo del siglo XXI- está enferma. Virus ideológicos parecen haber llegado hasta puntos vitales, con efectos devastadores.

Alrededor del 25 de marzo se celebra en muchos países el Día Internacional de la Vida. Si la sociedad estuviese saludable, se podría pensar que dicha celebración tendría como fin principal reforzar la conciencia del valor de la vida y afianzar los medios para que las personas alcancen una vida más lograda. Sin idealismos ni utopías, con el realismo de una humanidad que siempre tendrá que luchar para vencer algo muy propio de su estado actual: su tendencia al error, al mal.

La vida siempre se ha apreciado como un gran valor. Por ello es instintivo que cada quien cuide la suya y que todos veamos un ataque a ella como algo injusto. Entre las pocas cosas que van librándose del relativismo moral imperante, está el atentado contra la vida humana: todos sabemos que quitar la vida a otro es un mal intrínseco, salvo la legítima defensa propia. Entonces, si el matar a alguien es algo que repugna a cualquier conciencia, ¿qué ha sucedido en nuestra sociedad para que quitar la vida al ser humano más inocente e indefenso y por parte de su propia madre, no solo haya perdido su malicia sino que sea reclamado como un “derecho”? Que si se niega, será un acto de violencia contra la madre que quiere abortar. Esta cuestión tiene muchas explicaciones, pero -en realidad- todos sabemos que es incontestable. Más bien, clara señal de una sociedad que transita el camino a la decadencia.

En febrero de 2014, se cumplieron 20 años de aquel discurso histórico de la beata Teresa de Calcuta ante el entonces presidente Clinton, su esposa Hillary Clinton, y otros personajes políticos que, en el tema, discrepaban con ella. Les habló del aborto como una amenaza para la paz. “La amenaza más grande que sufre la paz hoy en día es el aborto, porque el aborto es hacer la guerra al niño inocente que muere a manos de su propia madre. Si aceptamos que una madre pueda matar a su propio hijo, ¿cómo podremos decirle a otros que no se maten?” La diminuta y, a la vez, grande Madre Teresa siguió tocando las conciencias de los poderosos del mundo: “Para mí, las naciones que han legalizado el aborto son las más pobres, le tienen miedo a un niño no nacido y el niño tiene que morir”.

Y daba soluciones. “El mayor regalo que Dios le ha dado a nuestra congregación es luchar contra el aborto mediante la adopción. Ya hemos dado, solo en nuestro hogar en Calcuta, más de tres mil niños en adopción. Y puedo decirles cuánta alegría, cuánto amor y cuánta paz han llevado estos niños a esas familias. (…) Y también les hago una propuesta: nuestras hermanas están aquí, si alguno no quiere un hijo, dénmelo, yo sí lo quiero”.

A Hillary Clinton le duró poco el remezón, si es que lo sintió. Pocos meses después, perdió en la Conferencia Mundial sobre Población y Desarrollo en El Cairo, al intentar, con su esposo, que los países declararan el derecho al aborto. El pasado 8 de marzo estuvo en la ONU pidiendo lo mismo y afirmando que el desarrollo no puede hacerse realidad sin él y sin los demás derechos sexuales y reproductivos. ¡Vaya tontería! Seguirá perdiendo como hace veinte años. Aunque -no olvidemos- será la candidata presidencial demócrata para el 2016.

En el Perú valoramos la vida como el primer derecho humano. Agradecemos que nuestra escasa cultura no llegue a la sabiduría de los que la desprecian. Pero los promotores abortistas están cada vez más cerca y vienen con todo su poder, perplejos de cómo hasta ahora no han podido en Perú, cuando ha sido relativamente fácil en Argentina, Uruguay, México, Brasil, Colombia; y pronto en Chile. Sufriremos una dura presión política, mediática y económica. Dudo de la fortaleza de congresistas y ministros para oponerse a tal avalancha. Es hora, pues, de manifestarnos como pueblo unido contra estas barbaries. Y salir a las calles, cada vez que haga falta, a librar pacíficas batallas. Estos temas son demasiado importantes para dejárselos a la democracia representativa. Ejemplos abundan de cómo unos cuantos deciden el destino de millones, a espaldas de lo que la mayoría quiere.

Por: Ing. Edwin Heredia Rojas

Deja un comentario