TRES MUJERES Y MADRES, CON PODER

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Ocurrió no hace mucho. Después de dos horas de impartir una conferencia sobre la Ideología de Género, ante un auditorio mayoritariamente femenino, empezaron las preguntas. Ya estaba despidiéndome cuando, de repente, una señora pidió la palabra encarecidamente. En un loable arranque de valor y  sinceridad, dirigiéndose a las demás mujeres contó que, años atrás, había abortado en dos ocasiones. En la exposición, solo se habló del aborto tangencialmente. Lo suficiente para que las desgracias de aquella buena mujer volvieran al presente, con la misma fuerza con que procuraba borrar esos recuerdos. Terminó con lágrimas, esas que el tiempo acumula y que -de cuando en cuando- necesitan discurrir. Les repitió que no lo hicieran nunca; que no imaginaban el calvario que se vive después de matar a un hijo. Testimonios como este son más eficaces que la mejor disertación.

Pienso ahora en tres mujeres –madres y abuelas- que lideran, desde sus altos cargos, la promoción del aborto. Si pudieran, ya lo habrían convertido en «derecho» de la mujer; algo que la ONU persigue desde hace mucho tiempo y que aún no logra conseguir. Una de ellas es nada menos que Hillary Clinton, líder del partido demócrata y la mayor promotora del aborto en el mundo. Desde 2017 -nadie lo duda, por más ruido que haga el heterodoxo Donald Trump- será la primera presidenta de EE.UU. Entonces, la persona más poderosa del planeta -servil de sus verdaderos dueños-, será también la que más presione al mundo entero para que asuma el aborto irrestricto y, muy probablemente, como «derecho humano». El 3 de abril, en una entrevista para la cadena NBC, reiteró que «la persona no nacida no tiene derechos constitucionales». Qué curioso. Los llama personas y les niega todo derecho. El financiamiento de su campaña por Planned Parenthood -aquella que vende a los nonatos abortados por pedacitos y a pedido- es muy valioso para ella.

Michelle Bachelet, socialista, presidenta chilena, es una abanderada del feminismo radical. De 2010 a 2014, entre su primer y segundo gobierno, fue Directora ejecutiva de la recién creada ONU-Mujeres. Volvió a su país en 2014, prometiendo legalizar el aborto, lo que está a punto de conseguir.

De otro lado, con 71 años a cuestas, Manuela Carmena, comunista, es la actual alcaldesa de Madrid. Abogada y jueza jubilada, apoya la legalización de las drogas y el vaciamiento de las cárceles. Hace unos días, hizo gala de audacia y estupidez, pues ignorante no es. Sostuvo en una entrevista que en un aborto «nadie mata a bebés», pues los nonatos «no son personas». Impresionante, ¿verdad? Aunque  le falte un día para ver la luz.

Distingo el error de la persona que lo sostiene o comete. Pero confieso que se me hace difícil excusar la malicia de estas mujeres con poder, que -además- son madres. No sé si las saludaría en el Día de la Madre, que pronto celebraremos. Ni desearía estar en sus pellejos cuando se encuentren con el Dueño de la vida. Sí abrazaría -en cambio- a esa valiente y modesta señora, que nunca olvidaré.

Ing. Edwin Heredia Rojas

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