A tí mujer ¿Qué te hace feliz ?

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El hijo aprende a creer en un amor eterno y se llega a amar con respeto y reverencia, descubre que no se debe a él mismo, sino a una inteligencia superior, gracias al amor primero, a la mirada primera, a los cuidados y atenciones de los primeros años. La madre es la escultora del corazón de sus hijos. Podría atreverme a decir que después del parto físico nos toca el parto espiritual y este, último, conlleva un trabajo más largo, paciente y especializado en el goce de sabernos co – creadoras y maestras.

El desafío de este tiempo no es descubrir otra forma de ser mujer ni esclavizarse a ideologías feministas, mucho menos estar ansiosa por lograr reconocimiento en el entramado social. Se trata de que cada mujer en su ser femenino, pueda redescubrir su propia identidad, valorar las vivencias hasta el momento y desde ahí, ir elaborando un itinerario desafiante y afianzado en lo que le ayuda a ser feliz y dar felicidad a los suyos.

Para lograr este reto en primer lugar debemos reconocer que somos mujeres y que nosotras no elegimos: ni ser mujer, ni ser varón. Es lo dado por el Creador e inscrito en nuestro código genético, también deberemos aceptar que estamos en el mundo con un cuerpo que es nuestra identidad visible; es decir tenemos un cuerpo pero no somos solo cuerpo, y éste al ser nuestra imagen proyectada reflejará siempre lo que estamos viviendo y nuestro nivel de crecimiento y desarrollo humano.

En segundo lugar necesitamos sentirnos hijas; porque nacemos en el seno de una familia determinada, y este ambiente familiar nos acogió y otorgó sentido de pertenencia. Es vital experimentar la cercanía de nuestros padres, no frenar el impulso de querer recibir su cariño, sus afectos, sus caricias corporales, como una pequeña. Estos gestos propios, particulares y precisos consolidan una filiación natural «hija de». Pero más allá de todo el cariño proporcionado por los padres es importante situarnos como mujeres dispuestas a una mayor apertura, más allá de nosotras y de nuestra familia, sentirnos hijas de Dios. Ya sea por fe o por conocimiento inculcado, necesitamos aceptar gozosamente que no nos hemos elegido a nosotras mismas, tampoco nos eligieron nuestros padres, ellos hicieron posible con el Creador el misterio originario de nuestra persona. Cuando experimentamos la filiación sobrenatural, hijas de Dios, nos abrimos a la trascendencia, de tal manera que podemos actuar más allá de complejos o ataduras, liberarnos de heridas profundas, de dolores que oprimen nuestro ser físico o psíquico.

En tercer lugar descubrir y aceptar nuestra condiciòn esponsal; es decir nuestro llamado a ser esposa y compañera en el camino. Tal vivencia está íntimamente ligada al amor que recibimos y al que correspondemos desde nuestra naturaleza más profunda. La dimensión de esposa, que no siempre es fácil descubrir, no implica competir con el otro, ni estar al nivel del otro. Ser esposa es ejercer la femineidad más bella, es el sentirse grande y pequeña a la vez, es saber acoger e intercambiar. Nuestra relación en el matrimonio, como esposa, es más complicada que la que tenemos como hijas o como madres; porque éstas últimas nos vienen dadas, mientras que convertirnos en esposas implica una decisión voluntaria de compartir nuestra vida con la persona elegida y aceptarlo tal cual. Ser esposa requiere poner al descubierto nuestro ser y llegar a estar ante el otro en la desnudez de nuestra conciencia, comunicarnos en la verdad, crecer en el bien y trasmitir belleza. Es necesario madurar los miedos, con el conocimiento de saber quiénes somos, de dónde venimos y que proyecto de pareja queremos construir, sin sentirnos amenazadas o aplastadas y sin aplastar al otro, a la vez que caminamos juntos en la ayuda mutua, creando una relación justa, desinteresada, fecunda que ayudará en la realización personal de ambos y en el crecimiento estable de los hijos.

En cuarto lugar estamos llamadas a realizarnos como madres, a partir de vivir plenamente como esposas, sintiendo que nuestras vivencias están acorde con nuestra naturaleza más profunda (afecto, entrega, valoración) nos convertiremos plenamente en madres; porque no hay una maternidad verdadera sin un verdadero encuentro entre los esposos, sin una unión madura y estable que evidencie la entrega de sí como regalo al otro y la acogida del otro como don y regalo de sí misma. Cuando la relación conyugal no contiene una sincera y total entrega – acogida, falseamos la realidad y sólo obtenemos encuentros fallidos y dolorosos. El nivel y cuidado del compromiso nupcial contiene el poder innato de la maternidad/paternidad.

Somos mujeres, hijas, esposas y madres, entregamos nuestro propio cuerpo al esposo y luego al hijo, le servimos con nuestra propia sangre, sin mezclarse las sangres de madre e hijo, contribuyendo con generosidad al designio natural y humano “venir al mundo en el seno de una mujer”. Este es nuestro mayor regalo, una gracia extraordinaria del Creador concedida a la mujer. Todo nuestro ser está pensado en función de nuestra vocación a la maternidad, innata e inscrita en lo más profundo de nuestro yo. Y esta vocación se hace evidente siempre, ya sea con la procreación de nuestros hijos y en lo ordinario de nuestra vida con la maternidad espiritual, que significa la capacidad de proximidad a las personas, realismo, intuición, sensibilidad frente a las necesidades psíquicas de los demás, y también mucha fuerza interior.
Las mujeres tenemos condiciones especiales para mostrar el amor de un modo concreto, y tenemos talentos exclusivos para promover grandeza en el corazón del hombre. Dejemos la pereza y la distracción inútil, retomemos con mayor motivación aquello que nos hace verdaderamente felices, dar vida a la humanidad y humanizar esa vida.

Por: Mg. Neldy Mendoza, Proyecto Esperanza

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