Una estrella de la TV avisa: las familias numerosas, ¿objetivo a batir con la excusa medioambiental?

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Un lobby enrabietado declara que es necesario limitar el tamaño de las familias para salvar el planeta. Ha llegado el momento de contraatacar, sostiene Colin Brazier.

Brazier, de 51 años, es desde hace veinte años uno de los presentadores estrella en los informativos de Sky News, y colabora también con la BBC. Ha trabajado a fondo escenarios de conflicto. En 2001 recibió un premio en el New York TV Festival por sus crónicas desde Afganistán. Fue el primer periodista europeo en entrar en Bagdad en 2003 y el primero en entrar con las fuerzas israelíes en el sur del Líbano en 2006. En 2013 cubrió el atentado de Nairobi y el tifón Haiyan a su devastador paso por Filipinas, en 2015 los atentados de Túnezy el terremoto de Nepal y en 2016 la crisis de los inmigrantes en la frontera serbo-húngara. Ha hecho varios cameos como presentador de noticias, por ejemplo en El legado de Bourne(2012).

Católico y padre de seis hijos, escribió en 2013 Sticking up for siblings, un libro donde cuenta su experiencia hogareña y anima a tener una familia numerosa. En julio de 2018 su esposa Joanna falleció a consecuencia de un cáncer de mama.

Ahora Colin, quien por su profesión conoce bien cuáles son las tendencias informativas inmediatas, ha escrito en el Catholic Herald un artículo alertando de que el próximo objetivo de los lobbys sistémicos son las familias numerosas. Por su interés, lo ofrecemos traducido (los ladillos son de ReL):

Colin Brazier, en el estudio de Sky News.

En la guerra cultural, la familia numerosa es el próximo objetivo

Hace dieciocho meses estaba comiendo con un conocido columnista e inconformista y acabamos hablando de predicciones y, sobre todo, de cuál sería el siguiente frente que se abriría en la guerra cultural. Ninguno de los dos había previsto el surgimiento del veganismo militante ni la formación de un lobby en defensa de los derechos de las personas transgénero. Mi amigo se preguntaba qué locomotora de agitación social iba a salir soltando humo del túnel oscuro de un futuro desconocido. Le miré sin saber qué decir. Creo que ahora, sin embargo, estoy ya preparado para darle una respuesta.

El Príncipe Harry como síntoma

A principios de este mes, la BBC World Service emitió un documental sobre el tamaño de la familia  y me pidieron que lo presentara. Les había gustado el programa que había hecho para ellos sobre el modo en el que las ceremonias religiosas ayudan a los creyentes a sobrellevar un duelo. ¿Tenía yo alguna otra idea? Sí, dije. Me rondaba la idea de repasar un libro que habría escrito en 2013, exponiendo el caso, pasado de moda, de las familias numerosas. Deseaba hacerlo debido al fallecimiento de mi esposa el año pasado, porque parecía haber confirmado una de las teorías presentes en el libro: que los niños tienen mayores posibilidades de sobrellevar la muerte de uno de los padres si tienen hermanos.

«Han aceptado tu idea», me anunció mi productor. «Pero como católico, ¿podrías hacerlo defendiendo la natalidad partiendo de la crítica de que una prole numerosa equivale a vandalismo medioambiental?».

Como soy presentador de informativos, recelo de los formatos polémicos. Acepté presentar el documental y si usted dispone de 27 minutos de tiempo y de acceso a BBC Sounds, podrá juzgar si conseguí ser claro desde un punto de vista periodístico sin generar niveles amenazadores de tensión para la carrera de mis superiores.

El día anterior a la emisión del documental recibí una llamada de otro departamento de la corporación. Era una guest-booker [persona que ficha invitados para los programas] llamada Emma, del programa de la tarde de Radio 4. Me preguntó si accedía a ser entrevistado en directo por Evan Davis un par de horas más tarde. ¿Se había quedado boquiabiertos por un avance de mi documental? No. Su interés era debido a las noticias de última hora: el príncipe Harry había sugerido que sí existía un tamaño óptimo de familia, y había afirmado que él y Meghan estarían fracasando en su deber de cuidar el planeta si tenían más de dos hijos.

El príncipe Harry y Meghan Markle tuvieron su primer hijo el pasado 6 de mayo.

Cobarde como soy, educadamente dije que «no». El segmento de la tarde significa una bronca en vivo y en directo entre un defensor de la familia numerosa y un portavoz de Population Matters, asociación según la cual el mundo necesita menos «emisores». Mi lugar lo ocupó Nicola Horlick, en una época llamada «la supermadre» por la prensa amarilla inglesa por haber criado a seis hijos mientras trabaja como administradora de fondos de inversión en la City. Habló de manera muy persuasiva sobre la alegría de tener muchos hijos, pero estaba claro que la habían sentado en el banquillo de los acusados.

Nicola Horlick, madre de seis hijos, divorciada y vuelta a casar y analista financiera y de inversiones de referencia en la City londinense.

Para mi documental entrevisté a un consejero de la Iglesia de Inglaterra que había elegido limitar el tamaño de su familia por el bien del medio ambiente. Sus argumentaciones eran sinceras y razonadas. Discrepamos educadamente.

Renunciar a tener hijos: ¿opción dominante?

Vivimos tiempos agitados. Hay un lobby muy indignado y ruidoso que argumenta que el único modo de ayudar al planeta con una población que se acerca a los diez mil millones de personas es tomando la decisión personal de renunciar a tener hijos.

Muchos de estos «huelguistas de hijos» se sorprenderían de saber que no hay nada original en lo que defienden. En los años 70, a raíz de un previo pánico moral inducido por el tamaño de las familias (causado en parte, a su vez, por el libro de Paul EhrlichLa bomba demográfica), hubo un arrebato similar de activismo a favor de la decisión de no tener hijos.

Pero ahora, ¿nos enfrentamos a algo que ya no es minoritario, sino al revés, dominante?Tras los comentarios de Harry, se publicó una encuesta realizada por YouGov que afirmaba que el 53% de los británicos estaba de acuerdo en que hay que limitar el tamaño de las familias por el bien del planeta. Otra encuesta sugería que uno de cada diez jóvenes estaba considerando no tener hijos en absoluto por motivos medioambientales.

¿Es este, entonces, el nuevo frente en la guerra cultural? Es fácil reírse de ello como signo de virtud. Noel Radford, el padre de la mayor familia numerosa de Gran Bretaña -21 hijos y sumando- argumentó en el programa Good Morning Britain que Harry estaba utilizando el medio ambiente como «excusa«. Tal vez algunos partidarios de la reducción filial se oculten bajo el manto «verde» para mantener su estilo de vida. Pero es imposible saber si alguien que elige no tener hijos, o tener menos de los que podría, lo hace para mantener limpia esa bonita moqueta de color crema o porque realmente le preocupa el planeta Tierra.

La familia Radford.

No, si queremos evitar la estigmatización de las familias numerosas es necesario ir a los principios. Personas como yo, que han estudiado demografía, tenemos que ayudar a padres y madres como Nicola Horlick a hablar en los medios armados con los instrumentos necesarios para desacreditar los mitos difundidos por los críticos que no ven nada bueno en las familias numerosas.

Argumentos eficaces

Para empezar, tenemos que ser honestos sobre cuáles son los argumentos que funcionan. Yo solía decir que mi familia numerosa era «verde» porque era una economía de escala. Nuestra huella de carbono per cápita era inferior a la de una familia con un solo hijo porque reciclábamos la vestimenta, los juguetes e incluso el agua del baño. Pero no hay modo de evitar todas esas pequeñas huellas de carbono. Con el tiempo, ellos tendrán sus propios hijos y debido a que los hijos de familias numerosas suelen tener, a su vez, familias numerosas, mis decisiones sobre la natalidad se extenderán a las futuras generaciones.

Tampoco basta con argumentar que tener muchos hijos le da a los padres un punto de vista especial en lo que respecta al futuro del planeta. Harry y Meghan no necesitan ampliar su familia de un único hijo para utilizar el cliché: «Queremos un mundo mejor para nuestros nietos».

Debemos ser más que sensibles hacia quienes, sin culpa por su parte, no pueden tener hijos, o no tener todos los que se desean.

En cambio, nuestro enfoque debe ser progresista, empírico y global. Global porque a veces nuestros críticos pueden ser cortos de miras respecto a la natalidad. En todo el mundo, los índices de natalidad están derrumbándose. En Japón, país en el que hay toda una industriaque se dedica a la eliminación de los cuerpos de la gente mayor sola que muere sin que nadie se dé cuenta, el índice de natalidad ha caído de nuevo, a 1,2. En el Reino Unido acaba de caer a 1,7. Un índice que parece bueno por comparación, pero que es el más bajo desde la posguerra, e insuficiente para mantener nuestra sistema de bienestar y nuestra base fiscal, laboral y de consumo en los próximos decenios.

¿Y qué pasa con los diez mil millones? Sí, la población mundial está en alza. Pero es una consecuencia inevitable del impulso demográfico.

Tomemos el caso de Irán, país en el que la tasa de natalidad está ahora por debajo de la tasa de reemplazo. Sin embargo, su población sigue creciendo por la expansión demográfica anterior. Pero cuando la alta natalidad actual vaya recorriendo el sistema, su población volverá a caer de nuevo. Y rápidamente.

Como deja claro Jonathan V. Last, un escritor americano especialista en demografía, esta historia no va de control de la natalidad, sino de control de la mortalidad. Según la tendencia actual, la población mundial alcanzará su pico en unos cuarenta años, aunque muchos países, los que no aceptan la inmigración masiva, ya están en caída libre.

¿Tienen los occidentales, con sus mayores huellas de carbono en los países desarrollados, una mayor responsabilidad en reducir el tamaño de la familia? Tal vez tengan un deber especial de reducir las emisiones, pero hay distintos enfoques para hacerlo, empezando por tomar en consideración cómo se hacen las cosas en los países más pobres. Porque algunos análisis demuestran que los beneficios medioambientales de reducir drásticamente el tamaño de la familia en Occidente se pierden ante la moda de vivir solo. Según datos oficiales publicados la semana pasada, el número de personas que viven solas en Gran Bretaña ha superado, por primera vez, los ocho millones

Brazier plantea que la atomización familiar y la soledad también tienen un efecto contaminante en la necesidad de nuevas construcciones.

Nuestras unidades familiares tal vez estén disminuyendo, pero seguimos anhelando un sitio que sea nuestro, ya sea por la atomización social, el divorcio o la viudedad debida a una mayor longevidad. Es muy improbable que  todas esas casas y pisos nuevos que veo cuando voy hacia mi casa, en Salisbury, sean ejemplos de cohabitación intrageneracional. En Senegal y Somalia, los abuelos siguen viviendo en casa con sus hijos y su familia.

En el Reino Unido, el número de familias con un único hijo se ha duplicado en una sola generación; lo mismo sucede con la proporción de mujeres que no tienen hijos. El motivo es evidente: el alto precio de la vivienda y de la crianza de los hijos, y la pérdida de posibilidades profesionales para la mujer que reduce su horario laboral. Algunos países, los que se enfrentan a la crisis demográfica más grave, están intentando afrontar este problema. En Hungría, Estado miembro de la Unión europea, las personas que tienen más de cuatro hijos no pagan el impuesto sobre la renta.

Los hijos que se desea tener

Esta especie de descarada defensa de la natalidad molesta a los progresistas. Les preocupa que el nacionalismo de la sangre y de la tierra pueda perjudicar los derechos de las mujeres. Sin embargo, un verdadero progresista debería apoyar la libertad de la mujer que quiere tener todos los hijos que le dé la gana. En muchos países occidentales, esto es precisamente lo que se niega. Según un informe de hace diez años del izquierdista Institute for Public Policy Research, la brecha entre el número de bebés deseados por las mujeres británicas y el número real que tienen es de unos cien mil nacimientos al año. Un estudio realizado en Estados Unidos demostró que el 40% de las mujeres estadounidenses llegaba al final de su edad reproductiva sin haber tenido todos los hijos que deseaban.

Ante este trasfondo -negación de la posibilidad de elegir, derrumbamiento de la diversidad familiar, modelos de bienestar insostenibles-, la idea de animar a la gente a tener menos hijos en Occidente por motivos medioambientales es demencial. Sin embargo, sospecho que es una idea que ya se está madurando. A quienes nos atrevamos a discrepar no nos bastará argumentar mostrando nuestras grandes y caóticas proles, llenas de amor y desenfado, modelos de aplazamiento de la satisfacción y escuela para los golpes duros de la vida. Necesitaremos reunir argumentos que impacten porque sean totalmente contra-intuitivos. Si no lo hacemos, las familias pequeñas y los adultos que deciden no tener hijos redefinirán la infancia, la economía y la sociedad en general.

La viabilidad del modelo

Esto es lo que está descubriendo China actualmente. Ahora que el pánico demográfico les ha hecho renunciar a su perversa política del hijo único, es increíblemente difícil que los jóvenes que han crecido siendo el centro de la atención se animen a tener hijos. No a tener solo uno. Sino a tener alguno.

Como Paul Morland nos recuerda en su libro, publicado este año, The Human Tide, el impacto de estos cambios demográficos tendrá un profundo efecto que decidirá qué naciones prosperarán o fracasarán. En otro ámbito, el debate se centra en si tener hijos ayuda o dificulta el estilo de vida y la carrera (durante la campaña de Theresa May para liderar el partido conservador, una rival le preguntó por el hecho de que no tenía hijos). Todo esto, ¿tiene que ver realmente con la viabilidad del Estado? ¿O tiene que ver con la autorrealización del adulto?

Ventajas de tener hermanos

Mi interés en este tema surgió viendo a mis hijos pequeños jugar en el parque. No se comportaban como «copos de nieve». Jugaban juntos con la supervisión limitada de un adulto. Los hijos únicos, en cambio, dan vueltas sin parar, llenos de ansiedad.

Empecé a mirar los datos. En general, los niños con un hermano o hermana -lo ideal es que sean más de uno-, tienen menos problemas de salud mental y una incidencia menor de la obesidad que sus coetáneos sin hermanos. Es menos probable que sufran acoso y son más proclives a informar de los primeros signos de delincuencia si ven a un hermano que va por el mal camino.

Una investigación llevada a cabo por psicólogos en Estados Unidos demostró que los hijos sin hermanos tienen mayores problemas de adaptación tras la ruptura de los padres. Mi experiencia me ha demostrado que si la pérdida de un progenitor no está causada por el divorcio, sino por la muerte de la madre, los hijos la superan mejor si pueden apoyarse en sus hermanos.

Derechos y ayudas

Podríamos hacer algo peor que adoptar el lenguaje de los defensores del veganismo y la transexualidad, que argumentan todo desde la perspectiva de sus derechos. La defensa de los «derechos de los niños» está aumentando. Pero el Comisionado de los Niños tendría que ser muy valiente para hablar sobre el derecho del niño a un hermano aunque tener uno fuese claramente ventajoso.

Al contrario, y a diferencia de muchos países desarrollados, Gran Bretaña ha eliminado las ayudas a las familias numerosas, como el pago de prestaciones por hijo. Como escribe con mordacidad Danny Dorling, de la Universidad de Oxford, en su libro Why Demography Matters: «La excepción [al consenso global de que los padres necesitan ayuda para criar a sus hijos] es el Reino Unido: el anterior canciller George Osborne anunció que a partir de 2017 las familias que reciben créditos tributarios o el Crédito Universal no recibirán ayudas adicionales por el tercer hijo y los siguientes, a no ser que puedan demostrar que ese hijo fue el resultado de una violación».

Hasta la fecha, el motivo de estas medidas era la austeridad fiscal o el cálculo político de que los votantes no quieren que el dinero de los impuestos se derroche en padres irresponsables. Pero la próxima vez que coma con mi amigo inconformista, mi predicción será que, antes de que la década termine, en el Parlamento se intentará utilizar el sistema tributario y de ayudas para penalizar la natalidad por motivos medioambientales.

Cuando estaba realizando mi documental, un activista me dijo que una legislatura proactiva desde el punto de vista medioambiental no debería adoptar medidas draconianas para detener la expansión familiar. Pero, añadió, debería considerarse, por ejemplo, que las tasas universitarias solo fuesen gratuitas para familias con un único hijo. ¿Realmente el Estado estará dispuesto a estigmatizar a las familias numerosas? Es una pregunta que seguramente desconcertaría a nuestra actual jefa de Estado, madre de cuatro hijos. E incluso a su nieto.

Traducido por Elena Faccia Serrano.

Fuente: Religión en Libertad

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