Familia y escuela: educación para la vida

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Ambas se necesitan mutuamente, en el entendido de que la primera afianza, amplía y enriquece la acción educadora de la segunda.

La escuela complementa la formación en el hogar, entendiendo que los primeros educadores son los padres.

La educación, si no quiere perder su rumbo, tiene que ayudar a que la familia no pierda el suyo. Ayuda mucho a la escuela el tener un punto de partida respecto a la familia, en un contexto en el que la modernidad sí ha perdido el rumbo.

Quiero exponer este tema con la claridad con que lo aborda Carlos Marín Gutiérrez en su libro Escuela y familia: ¿Educan en valores?

Marín parte de una premisa que reproduzco textualmente: “Asumimos el matrimonio y la familia como esa experiencia humana, sin duda la más profunda que un hombre y una mujer pueden vivir; los asumimos como proyecto de Dios, como un sacramento, como imagen de la Trinidad”.

Decir que el matrimonio y la familia son un proyecto de Dios es negar la idea de que la familia es invención humana, o creación del Estado o de los antropólogos, o un subproducto de la cultura.

Decir que el matrimonio y la familia son un proyecto de Dios es asumir a la familia como respuesta a la naturaleza personal y social del hombre y de la mujer; como espacio de comunicación sexual auténticamente humana; como garantía de la generación, protección y desarrollo integral y armónico de la vida humana; y finalmente, como célula básica de la sociedad y como primera experiencia de vida humana asociada y de convivencia democrática.

Carlos Marín dice enfáticamente: “Ojalá que nunca cometamos la torpeza de llamar familia a cualquier cosa, tal como en nuestros días lo están haciendo algunos profesionales de la conducta humana, psicólogos, trabajadores sociales, artistas y periodistas”.

Debemos transmitir a los hijos en casa la idea clara de lo que es familia y la escuela deberá reforzar adecuadamente y según la misma perspectiva esta idea.

En términos menos religiosos, el artículo 4.° de la Constitución Política del Perú indica: “La comunidad y el Estado protegen a la familia y promueven el matrimonio. Reconocen a estos últimos como institutos naturales y fundamentales de la sociedad”.

El maestro no puede formar sobre aquello que los padres no sembraron.
El rol educador de la familia no admite delegación sustitutiva.

Necesidad mutua

A partir de estos conceptos, podemos enfatizar que escuela y familia se necesitan mutuamente, en el entendido de que la primera afianza, amplía y enriquece la acción educadora de la segunda.

Cuando se habla de la formación de niños y jóvenes, por razón de la naturaleza misma de la educación, no podemos separar estos dos conceptos: familia y escuela. La idea de comunidad educativa sugiere con amplitud y riqueza la idea de integración entre familia y escuela. Integración que, además, se enriquece con la interacción permanente de la una con la otra.

“TODOS LOS NIÑOS Y JÓVENES LLEVAN CONSIGO A LA ESCUELA UN CÚMULO DE EXPERIENCIAS, POSITIVAS UNAS Y NEGATIVAS OTRAS, VIVIDAS AL INTERIOR DE LA FAMILIA, QUE EXPLICAN O AYUDAN A COMPRENDER MUCHOS DE LOS COMPORTAMIENTOS DE LOS NIÑOS EN EL ÁMBITO  DE LA VIDA ESCOLAR”. CARLOS MARÍN GUTIÉRREZ.

La familia necesita que los procesos generados al interior de la vida familiar no solo continúen, sino que también sean fortalecidos y enriquecidos en la vida escolar. Por ello, la importancia de que la celebración del Día de la Madre, por ejemplo, en el ámbito escolar, haya sido por sí misma educadora. La escuela trabaja sobre las mentes y los corazones infantiles y juveniles lo que la familia ha ido construyendo desde el nacimiento de los hijos.

Los niños y los jóvenes necesitan que la vida escolar les transmita un mensaje claro y orientador sobre la familia, de modo que vayan conformando un pensamiento sólido y coherente acerca de esta y de una cultura sana del hecho matrimonial y de la vida familiar.

Padres, primeros maestros

En otro acápite de su libro, Carlos Marín Gutiérrez señala que “todos los niños y jóvenes llevan consigo a la escuela un cúmulo de experiencias, positivas unas y negativas otras, vividas al interior de la familia, que explican o ayudan a comprender muchos de los comportamientos de los niños en el ámbito de la vida escolar”.

Explicará luego que “un buen pedagogo debe estar en la capacidad de conocer esas experiencias y de evaluarlas, y eventualmente corregirlas o afianzarlas y enriquecerlas. Este ejercicio propio del educador puede muy bien ser considerado como un buen anticipo o presagio de una sana pedagogía de valores”.

En efecto, los docentes sabemos muy bien que los primeros maestros de los niños son sus propios padres. Este hecho es un argumento más para que la escuela, lejos de ignorar a la familia, busque conocerla más de cerca, integrarse a ella, de modo que llegue a ser de verdad la prolongación de la vida familiar y de su proyecto educativo.

Hablando de proyecto educativo, veo con satisfacción que son cada vez más las escuelas que al diseñar este documento incluyen un determinado número de horas, remuneradas por supuesto, durante las cuales cada educador establece y mantiene contacto permanente con las familias de los alumnos que tiene a su cargo.

El PEI, como se conoce familiarmente al Proyecto Educativo Institucional, no puede constituirse a espaldas de la familia, esta tiene que integrarlo para apoyarlo y consolidar su labor formativa familiar.

Vivir en sociedad

La familia, como espacio de convivencia humana civilizada y fraternal, es rica en valores, es el ámbito en el que el estilo de vida humana debe asociarse al ejercicio de la libertad, el respeto, el cumplimiento de los deberes y el asentimiento a los derechos, de modo que en esa íntima convivencia se va gestando la capacidad de vivir en sociedad.

Este aprendizaje y estas experiencias vividas en la familia son lo que la escuela debe conocer, prolongar y enriquecer, con espacios reales y nuevos de participación, de solidaridad y de responsabilidad, de madurez y de ejercicio gratificante de derechos y deberes humanos.

Hoy, la educación, si no quiere perder su rumbo, tiene que ayudar a que la familia no pierda el suyo, decía al empezar esta reflexión.

Alentemos el esfuerzo de la escuela por consolidar la misión educadora de la familia, por destacar y valorar el rol de esta en la construcción de una sociedad más humana, más cercana a su rol de formar personas. De esta manera estamos educando para la vida.

Por:
JORGE PACHECO TEJADA
EDUCADOR – DOCENTE UCSP

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