Últimas palabras a su enfermera: “Velaré por ti, por lo que has hecho”

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El alcalde de Volvera, un pequeño pueblo en la provincia de Turín, publicó hace algunos días un fuerte testimonio que le envió una conciudadana que trabaja como enfermera en el Hospital San Luigi de Orbassano.

La carta empieza indicando la razón que la inspira:

(…) No quisiera (en esta carta) describir (la situación con) los datos que publican los medios: números, estadísticas, decretos y prohibiciones. Quisiera transmitir el punto de vista de los pacientes con COVID-19 y de los trabajadores sanitarios. El coronavirus es mucho más que una virus conspirador.

Lo que sigue es lo duro de lo que está sucediendo en las unidades de terapia intensiva de nuestros hospitales, pero sobre todo el testimonio dramático que afecta a pacientes, familiares y trabajadores sanitarios en una vivencia de sufrimiento inefable, donde, sin embargo, se vislumbran rayos de luz que inducen a la esperanza.

No permitamos que el virus nos robe la dignidad de seres humanos

En estos lugares, en donde sobrevuela el amenazador fantasma de la muerte, la lucha que se lleva a cabo sin descanso no es solo por la vida sino también por la dignidad humana. Porque este Covid-19 tiene el poder de hacer que los enfermos se sientan reducidos a cuerpos que se pueden entubar o enchufar, de condenar a los familiares a sufrir la culpa de la ausencia en el sagrado momento de la muerte, de endurecer el corazón de aquellos que curan, obligándolos a evitar cruzar la mirada con aquellos a quienes cuidan, para resistir el enorme esfuerzo al que están llamados.

Una videollamada para despedirse

Una madre de 4 hijos busca desesperadamente los ojos de la enfermera. Su gesto la enternece. Busca ser reconocida como persona aunque se esté muriendo. A través de una llamada telefónica, el médico comunica “en directo” el mal pronóstico a la paciente y a sus familiares. La enfermera sostiene el teléfono y frente a esta desesperación, madre e hijos se cruzan por última vez miradas veladas de lágrimas y balbuceos de amor infinito. Y luego, comenta la enfermera en su carta.

La paciente se apagó. Decidí salir y dejar el resto a los colegas. Y vi que, como prevén los procedimientos, la desinfectaron, la envolvieron en una sábana y la llevaron a la morgue. Sola… sola… Sus efectos personales puestos en una triple bolsa negra serán incinerados.

“Gracias, velaré por ti por lo que has hecho”

Cuando la carroza fúnebre con el féretro gira a la izquierda y el coche del único hijo presente en la morgue gira hacia la derecha, todo parece perdido y sin sentido. El virus ha triunfado, ha truncado otra existencia, pero no logró vaciar de su profundo significado porque un legado valioso permanece en quien sigue viviendo:

Te toma de la mano, te dice gracias. “Velaré por ti, por lo que has hecho”. Y te esfuerzas para no llorar.

Estas palabras resuenan como bendición y esperanza para todos, creyentes y no creyentes: frente a esta inmensa tragedia la única salvación es nuestra humanidad, en el don de reconocer – en la alegría pero todavía más en el dolor – en los ojos del otro nuestros propios ojos.

La publicación del alcalde Ivan Marusich con la carta completa de la enfermera:

Fuente: Aleteia

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