La familia y la dignidad humana como solución al racismo y la violencia, por Rubén Navarro

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Estas últimas semanas se ha reabierto la discusión sobre el racismo, la violencia policial, el perfilamiento racial y la discriminación que ha llegado a un debate urgente en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra.

La violencia no es una respuesta válida, ni siquiera ante un acto criminal. Quienes cometen actos criminales deben ser juzgados y, eventualmente, condenados. Asaltos a tiendas, palizas indiscriminadas o destrucción de monumentos públicos y material urbano no van a devolver la vida a George Floyd, no son válidos como métodos de protesta y no ayudan o no deberían ayudar a ninguna causa, sino que emborronan a la gran mayoría.

No creo que existan, como categorías absolutas, los oprimidos y los opresores, quienes odian y son odiados o los violentos y quienes sufren la violencia. Ese discurso marxista que necesita de categorías para clasificar a la gente y a los grupos conduce a conclusiones, acciones y políticas erróneas.

Creo haber trabajado, conocido o hablado con personas de más de 170 nacionalidades. Pueden parecer muchas, aunque nueve años en el ámbito de las organizaciones internacionales en la ONU en Ginebra lo hacen factible. En muchas ocasiones me he sentido muy cercano a personas de razas, religiones o culturas diferentes ya que compartíamos unos valores y unos principios similares. Cuando se llega a una amistad verdadera hay que hacer un esfuerzo para clasificar o incluso recordar a las personas por la raza, la religión o la procedencia.

La inherente dignidad humana es un valor que debe ser respetado y que sería una buena base para la sociedad, para toda sociedad. Sobre esos principios básicos se debe dejar de culpar a una supuesta tendencia de ciertos grupos raciales a la criminalidad y evitar pensar que hay personas que por ser de una determinada raza ya tienen más probabilidades de delinquir. Al mismo tiempo se deben evitar las estadísticas victimistas que dicen que unas razas están en la cárcel o sufren pobreza precisamente por la raza. Hay una Tribuna de Actuall escrita por Íñigo Alfaro cuya lectura recomiendo y que pone en relación la desestructuración de la familia, el delito, la violencia y el racismo.  

Quizás nuestra sociedad debería ir más allá y buscar las raíces de los problemas. La Sociología de la Familia y la Estadística nos pueden dar pistas y soluciones. Utilizando datos oficiales de 2019 del censo del Gobierno de Estados Unidos tenemos que hay un 31% de niños negros viviendo con madres solteras que nunca se casaron, un 12% de niños hispanos, un 6% de niños blancos y un 2% de niños asiáticos en esa situación. Los datos también muestran que cuando ambos padres están casados los niños viven en hogares que tienen una mayor renta, menor necesidad de ayuda gubernamental, menor pobreza y una mayor cobertura sanitaria.

La situación familiar y de los padres, obviamente, tiene repercusiones en los ingresos familiares, el tiempo que se puede dedicar a los hijos, el barrio en el que vivirán y sobre quien educará mayoritariamente a los niños. ¿Podría estar viniendo la violencia de una desestructuración de la familia o de una falta de respeto hacia las figuras materna y paterna? ¿De la gran cantidad de niños que nunca tuvieron un padre porque estos se desentendieron de ellos o abandonaron la familia? ¿Tal vez de la falta de oportunidades en la educación, de una baja calidad educativa o de un profesorado mal equipado y poco respetado? ¿Y si viene de un exceso de violencia de quienes buscan alternativas más fáciles en pandillas o grupos criminales?

Martin Luther King Jr. tenía un sueño y muchos compartimos las ideas principales. Al igual que él muchos queremos que exista libertad, que hombres blancos y negros, que judíos y gentiles, que protestantes y católicos puedan unir sus manos para dar gracias por la libertad a Dios Todopoderoso.

La que sería la solución de gran parte de los problemas y discusiones, es basarnos en la dignidad inherente de todo ser humano y en la igualdad ante los ojos de Dios. Si aplicamos y difundimos el derecho natural, ese que se estudió y reconoció en la Universidad de Salamanca y en el que España tuvo una aportación tan importante, la situación claramente mejoraría. Si todos aceptamos que somos hijos de Dios y que tenemos igual dignidad ya habremos recorrido más de la mitad del camino. Por supuesto que quedarían aspectos, políticas y actuaciones a cambiar, pero ya serían menos y el cambio más fácil.

Más que en los grupos y su clasificación, más que en “los buenos y los malos”, en “ellos y nosotros” creo que se debe entrar en el fondo de los problemas sociales para buscar soluciones, aunque siempre desde el conocimiento y valoración de la persona de forma individual, teniendo en cuenta su inherente dignidad y valor. Si la sociedad deja de generar tensión y violencia y se fija más en la familia y con esta en cada individuo, en cada persona, en su enorme valor estoy seguro de que nos empezaremos a ver como Dios nos mira a cada uno, como sus hijos, como parte de una misma familia.  

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