No, lo siento: el sexo no se elige

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Por Álex Navajas

Uno no pretende aguarle la fiesta a nadie. Y menos aún, la vida. Pero es verdad que vivimos en una época de tremenda confusión (otros prefieren llamarlo pluralismo, diversidad o incluso libertad) y es fácil que quien salga perjudicada sea la verdad. (Aunque, claro, como ya hemos decidido que la verdad es relativa y que no existe, asunto solucionado).

Lo diré a las bravas: hay dos sexos, el masculino y el femenino. No hay más. Es así, siempre ha sido así y seguirá siendo así. Y no, no es por emperrarme y negarme a “evolucionar” y “progresar”, sino porque, sencillamente, la Naturaleza, o Dios, o el azar, o las constelaciones, o quienes ustedes quieran, lo han decidido así.

Esta verdad de Perogrullo no la había cuestionado ni un solo ser humano en el último millón de años. Ni un solo filósofo, historiador, psicólogo, médico o científico. Algo ha ocurrido en las últimas cuatro o cinco décadas, cuando esta evidencia se ha puesto en solfa.

Moriremos siendo lo que nacimos: hombre o mujer. Y esto no es una desgracia, ni algo dictatorial, ni algo que pueda cambiar a mi libre albedrío

Y lo diré de nuevo a las bravas: no, no se puede cambiar de sexo. Retomo la frase con la que iniciaba este artículo: no pretendo aguarle la vida a nadie, pero tampoco puedo renunciar a la verdad. Uno nace varón o mujer, y morirá siendo varón o mujer. Resulta insólito que haya que escribir sobre esto, pero la confusión de nuestra era es lo que tiene.

Hormonar a un hombre –incluso a un menor de edad- para frenar su desarrollo corporal natural, evitar que le salga vello y se desarrollen artificialmente sus pechos es someter al cuerpo humano a una violencia anti natural intolerable. Y un lucrativo negocio para algunos, por cierto.

Después, muchos de ellos llegan al culmen de la barbarie: la amputación de pene y la “creación” o elaboración de una vagina. Es falso. Es una ensoñación, una maldita pesadilla. Sencillamente, no es una vagina. “Pero algún día, la ciencia avanzará tanto que será posible reproducir perfectamente una vagina en un hombre”, he llegado a escuchar. De nuevo, la fe ciega o la ilimitada credulidad en la ciencia.

Ocurre lo mismo, evidentemente, en el caso de una mujer. Comenzar a desarrollar vello corporal, reducir los pechos y “crear” un pene –que, de nuevo, no lo es-, no te convierte en hombre. En cada uno de los cromosomas de tu cuerpo viene registrada la masculinidad (XY) o la feminidad (XX). Y no, no es posible cambiar cada una de las células corporales.

Si a un caballo le implantásemos un cuerno, no se convertiría en unicornio. Y si le lográramos recrear dos alas emplumadas, no pasaría a ser Pegaso

Moriremos siendo lo que nacimos: hombre o mujer. Y esto no es una desgracia, ni algo dictatorial, ni algo que pueda cambiar a mi libre albedrío. Ninguno elegimos nuestra estatura, ni el color de nuestros ojos, ni la raza, ni nuestro grado de inteligencia, ni el tener una nariz más grande o más pequeña, ni el carácter endiablado o excesivamente tímido. Tampoco nuestro sexo. Y, el que diga lo contrario para contentar a una minoría y hacerla creer que “merece” unos derechos, miente como un bellaco y usa a esas personas con deseos oscuros, siniestros y espurios.

Si a un caballo le implantásemos un cuerno, no se convertiría en unicornio. Y si le lográramos recrear dos alas emplumadas, no pasaría a ser Pegaso. Si consiguiéramos amputar a un hombre de cintura para abajo y unirlo al cuerpo de un equino, no obtendríamos un centauro. Eso solo ocurre en la mitología -griega en este caso- pero no en la realidad. Y vivir en la mitología es vivir en la ensoñación.

Sé que las personas que buscan “cambiar de sexo” no lo hacen por un mero capricho. Son hombres y mujeres que han sufrido, que quizás arrastran profundas heridas de su infancia o de su adolescencia. Personas con una enorme tensión interior; tensión y dolor que no han elegido, pero que les ha llegado. Sin duda experimentarán unos sentimientos encontrados muy fuertes, y habrán llegado a la conclusión de que, para ellos, la mejor salida es tratar de transformar su cuerpo.

Nuestra misión es ayudarlas; jamás ridiculizarlas o insultarlas. Escucharlas, atenderlas, quererlas. No juzgarlas. Pero un Estado nunca puede legislar en contra de la verdad y de la Naturaleza, porque éstas se acabarán volviendo contra él.

Caridad. Caridad en la verdad. Y verdad en la caridad. Juntas, siempre, de la mano, inseparablemente.

Fuente: Actuall

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