Derechos, deseos y confusiones, por José Jara

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Al acabar el verano, el recuerdo de la tumbona en la playa o la placidez del descanso de los últimos días puede que nos dificulten la toma de conciencia de que los próximos meses de nuestra vida van a ser cruciales para cada uno de nosotros. Lo van a ser no sólo porque el peligro de contagio del Covid 19 va a seguir estando ahí, sino por la sencilla razón de que no vamos a tener una segunda oportunidad para vivirlos. Eso implica una gran responsabilidad, ya que vamos a tener oportunidades que no podemos desperdiciar.

De hecho, esa sensación de oportunidad para emprender proyectos no ha pasado desapercibida para algunos incluso en los meses de verano. Si repasamos, por ejemplo, acontecimientos relacionados con la defensa o los ataques a la indisponibilidad de la vida humana, nos podemos encontrar con que en este último mes de pandemia, mientras disfrutábamos del desconfinamiento, la Asamblea Nacional de Francia ha aprobado ha ampliación de la posibilidad de abortar hasta el mismo momento antes del parto

Casi simultáneamente, una encuesta, publicada en la revista Acta Obstetricia et Gynecologica  Scandinavica el 2 de agosto, encontraba que el 89% de los médicos abortistas en Flandes (Bélgica) se muestran partidarios de permitir ya el infanticidio de neonatos mediante alguna inyección letal si éstos presentan alguna anomalía no detectada previamente en el embarazo. Curiosamente, estas noticias no han conllevado un aluvión de comentarios en la prensa ni parecen haber propiciado declaraciones contundentes por parte de las altas autoridades morales de las que sería esperable. Más bien, podemos asumir que han pasado desapercibidas.

En nuestro propio ámbito, el proyecto de ley de eutanasia y suicidio asistido sigue estando pendiente de su debate parlamentario, después de su aprobación inicial a trámite, pareciendo a muchos que este tipo de legislaciones son  incontestables ya que se presentan como derechos que deben ser aprobados como una manifestación más de la libre autodeterminación de cada uno. Sin embargo, el concepto de derecho que siguen estas nuevas propuestas parece cada vez más confuso y alejado de la Declaración Universal de Derechos Humanos aprobada por la ONU en 1948, tal como menciona Gregor Puppinck en su última obra, Los derechos del hombre sin naturaleza.  

Los derechos humanos se han considerados como tales fundamentando este concepto en la dignidad humana, la característica inherente a cada ser humano por la que cada uno tiene valor en sí mismo y, por tanto, es merecedor de respeto. Asimismo, del concepto de dignidad se ha derivado el respeto a la indisponibilidad de la vida humana, pero estos firmes conceptos jurídicos parecen haber trasmutado su significación desde que se empezó a aceptar la idea del derecho a disponer del propio cuerpo.

De aquí, han derivado la mayor o menor aprobación social de acciones tales como la esterilización, la prostitución, la venta de órganos, la drogadicción, el ‘cambio’ de sexo o el alquiler de útero. Estas acciones, que se presentan como deseo de dominio sobre el propio cuerpo, encubren el hecho de ser realizadas contra el cuerpo, en algunos casos con consecuencias irreversibles o de muy difícil reparación, pero recibiendo amparo jurídico al ser presentadas como expresión de la voluntad del sujeto.

Quizás aún estamos a tiempo de recuperar el concepto de indisponibilidad de la vida humana y no seguir dañándonos a nosotros mismos

Sin duda, el caso más dramático es el derecho a disponer de la propia vida, asumiendo como tal la libertad para decidir el momento y la forma de provocar la propia muerte. Como es bien sabido, en los pocos países en que la eutanasia o el suicidio asistido han sido aprobados, esta posibilidad se concedió primero a personas gravemente discapacitadas o enfermas, debido a sufrimientos físicos considerados insoportables.

En la actualidad, se está invocando ya para personas con enfermedades crónicas, síntomas depresivos, con miedo a sufrir ante el diagnóstico de una futura enfermedad o simplemente cansadas de vivir. Situaciones que, antes se consideraban merecedoras de recibir toda la ayuda social y humana posible, ahora son consideradas como expresión del deseo y la voluntad individual. Por tanto, oponerse a ellas se considera como algo digno de reproche social e incluso sancionable para el profesional implicado si no se justifica la negativa debidamente.

Como consecuencia, en esos países se constatan eutanasias no solicitadas, ruptura de la confianza médico-paciente, presión sobre las personas vulnerables que son incitadas a la eutanasia como salida a su sufrimiento o las recientes propuestas de negación de recursos asistenciales a mayores de 75 años. Es lo que también esperablemente pasará aquí si finalmente se aprueba este tipo de legislación.

Se ha llegado así a una situación imprevisible hace sólo alguna década, ya que en base a las nuevas reglamentaciones jurídicas, los nuevos derechos sobre el propio cuerpo han generado también nuevos deberes y, por tanto, la sociedad se ve obligada jurídicamente a destinar recursos tanto sociales como sanitarios para cooperar en ese daño del cuerpo solicitado, llegando incluso hasta la provocación activa de la muerte de los pacientes, ya que estos derechos/deseos se incluyen como prestaciones asistenciales.

¿Qué nos ha pasado?, ¿cómo hemos llegado a tanta insensibilidad social ante la suerte de los demás, aunque eso suponga daños corporales, el fin de la vida de bebés en gestación o incluso la muerte provocada de las personas más vulnerables? Quizás aún estamos a tiempo de recuperar el concepto de indisponibilidad de la vida humana y no seguir dañándonos a nosotros mismos. Eso, desde luego, va a requerir mucha implicación personal y aclarar mucha confusión.

Fuente: Actuall

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