LA VERDADERA MUERTE DIGNA

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La Jornada Mundial del Enfermo, que desde el año 1993 celebramos cada 11 de febrero, fue instituida por el Papa san Juan Pablo II con la finalidad, entre otros, de sensibilizar al pueblo de Dios y a la sociedad civil “ante la necesidad de asegurar la mejor asistencia posible a los enfermos, y ayudar al enfermo a valorar en el plano humano y sobre todo en el sobrenatural, el sufrimiento” (Carta, 13.V.1992). Dos aspectos de plena actualidad, porque la enfermedad es parte de la vida humana y así lo estamos experimentando de modo más intenso en este tiempo de pandemia, en el que “la incertidumbre, el temor y a veces la consternación se apoderan de la mente y el corazón” (Papa Francisco, Mensaje, 20.XII.2020). La enfermedad pone al hombre, varones y mujeres de toda edad y lugar, ante su propia limitación y vulnerabilidad y, con ello, ante la necesidad de que alguien le ayude, es decir ante la dependencia del otro.

“La cercanía, de hecho, es un bálsamo muy valioso, que brinda apoyo y consuelo a quien sufre en la enfermedad”, nos recuerda Francisco en su citado mensaje. En primer lugar, la cercanía de la familia y de la comunidad a la que pertenecemos, pero también la del médico y los agentes de sanidad a quienes recurrimos. No sólo cercanía física sino también espiritual, porque no se trata únicamente de curar la enfermedad, sino de atender de modo integral a la persona enferma que es una unidad de cuerpo y alma. Ello requiere “que se respete en su dignidad a la persona enferma y se la ponga siempre en el centro del proceso de curación”, con ternura y perseverancia, viendo en ella a un hermano y estableciendo una relación basada “en la confianza y el respeto mutuos, en la sinceridad, en la disponibilidad” (Francisco, Mensajes, 26.XI.2017 y 20.XII.2020). Obrar así abre el corazón del enfermo y de quienes cuidan de él a una experiencia maravillosa: la del amor que se dona y el amor que se recibe.

“Curar a los enfermos no es simplemente la aséptica aplicación de medicamentos o terapias” destinados únicamente a buscar el restablecimiento de la salud; es “atender, preocuparse, cuidar, hacerse responsable del otro, del hermano” (Francisco, 1.X.2018). Tener esto presente es fundamental ahora que, además de por la pandemia, el Perú se ve amenazado por la eutanasia, que se pretende legalizar bajo el eufemismo de “muerte digna”. La eutanasia, a través de la cual un médico mata a su paciente, es el mayor fracaso en la historia de la medicina. Está comprobado que la mayoría de personas que piden la eutanasia lo hacen para no sufrir. Lo que corresponde, entonces, es brindarles los cuidados paliativos que están bastante desarrollados en nuestros días y que eliminan el sufrimiento o, al menos, lo reducen de modo considerable. Aun más, como dice el Papa, “incluso en esas duras circunstancias, si la persona se siente amada, respetada, aceptada, la sombra negativa de la eutanasia desaparece o se hace casi imperceptible, pues el valor de su ser se mide por su capacidad de dar y recibir amor” (1.X.2018). No hay muerte más digna que aquella natural que se transforma en un acto de amor.

+ Javier Del Río Alba

Arzobispo de Arequipa

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